Presentación de Francisco Martinovich a “American Home” de Armando Rosselot

Mirar por la ventana. Presentación de American Home de Armando Rosselot (Askasis: 2016). Taller Estudio 112.

 

Como corresponde a la instancia, quiero agradecer al autor, Armando Rosselot, la oportunidad de leer y presentar este libro hoy, en Taller Estudio 112, institución de cuyo riñón somos, orgullosamente, parte. Le digo a Lina que es un honor más grande del que cree compartir con ella esta mesa. Gracias también a ustedes, que este viernes en la tarde han elegido poesía.

Mi gratitud hacia el autor la presento con mucha sinceridad, una sinceridad que extrañamente siento, pues su invitación me tomó por sorpresa. Lo hacía yo un prolífico novelista y dedicado director de taller, pero poca idea tenía de su labor poética de la que tengo en American Home, un primer encuentro. Ahora vamos a lo nuestro.

 

Antes de abrir y desplegar las páginas que contienen a los 29 poemas que componen este libro, la portada nos entrega una clave de lectura, una imagen decidora, aunque no en los términos que quisiéramos creer. Una mujer en un país quizás parecido a este en otro tiempo. Una mujer se levanta de la cama, se envuelve en su bata, se ducha, se sale y se seca. Se pone un vestido poco ostentoso para pasar la mañana. Va a la cocina y mira por la ventana. ¿Qué es lo que ve, detrás de esa ventana?

Mirar por la ventana es, en gran medida, una metáfora de la escritura que Armando Rosselot despliega en American Home. Mirar el mundo a través de un cristal, a través de un plástico, de una cortina, a través de un vidrio cualquiera. Poco importa en realidad. Hay en los versos de Rosselot una afirmación clara e ineludible: la relación del ser humano con el mundo en el que habita, ya no puede no estar mediada.

En alguna época se creyó, con belleza e inocencia, que la fotografía era el espejo prístino de lo real y lo existente. De la poesía también hubo algún loco que lo pensara y en este libro no encontrará el lector ganoso los versos que desmiembren la realidad a mordiscos.

No encontrará el poema panfletario, no encontrará una crítica sagaz, abierta y tan descarnada como una herida que sangra: encontrará a un ojo y una voz que miran a través de un filtro, que no pueden ver el mundo de forma directa, pues esa forma ya no existe. Murió el día que la inocencia. Lo que nos va quedando es una mirada que se separa del mundo real por un gran muro.

Esta pequeña estafa es quizás algo que debamos agradecer. Después de todo ¿qué hay allá afuera de amable para ver? Sin embargo, el filtro del ojo, el lente, la ventana, no nos priva en su totalidad del caos exterior.

Si hay que resumir en una idea este libro de Armando Rosselot, hablaremos de apocalipsis. Verso a verso el poeta construye un acabo de mundo muy particular, aquel que rebota del ojo a la ventana y vuelve al espacio íntimo. “Apocalipsis doméstico” le diríamos si no lo hubiese dicho antes el poeta Gonzalo Millán.

 

Este apocalipsis no se escucha en las palabras mesiánicas de un chamán, no se manifiesta en la erupción de los volcanes, en las tormentas solares, en la caída o la amenaza de los cometas, en los designios de culturas de otras eras.

Las voces que alertan del fin en los poemas de Armando Rosselot son (y desde aquí, solo cito) son los ruidos de la casa, canciones para bailar, boletos de rifa, el aire, el viento, la loza vacía, licor derramado, los noticiarios con avisos de la bolsa de comercio, pantalones, zapatos, las utopías tropicales de países lejanos. Un billete, un poto, lociones con olor a guinda, un disco de Led Zeppelin, las multitudes, un cerezo florido, una hamburguesa light, el soneto del vacío, una película italiana, el oso Yogui, los Bee Gees, megapíxeles, la verdad.

¿Qué haremos mañana/ cuando no haya más luz?

Llegó el día de las sombras largas/ tan largas/ que se encontraron con ellas mismas.

Vuelvo a tomar la posta.

Ante esta lectura, también, habrá que cuidarse pues no todo cae en el mismo sitio. Delatan el ojo del autor los matices que se escapan a esta mirada particular: las trazas de un amoroso romanticismo que vuela poema a poema, las reflexiones incendiarias con fuego que no quema, los espacios para habitar que se leen como menos posibles, los lugares (encontrará el lector algunos) en que el poema y el mundo se asemejan, y si bien alguien podría alegar que muchos de estos están de más, desde esta particular visita a la poesía de Armando Rosselot, creo que son un broche aleccionador para los más escépticos, pues nos cuentan que el fin, querámoslo o no, siempre está cerca.

Muchas gracias.